Odiseo llegó a la isla de la hechicera Circe


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Y llegamos a la isla de Era, donde habita la Circe, la de lindas trenzas, la terrible diosa dotada de voz, hermana carnal del sagaz Eetes: ambos habían nacido de Helios, el que lleva la luz a los mortales, y de Perses, la hija de Océano.

Allí nos dejamos llevar silenciosamente por la nave a lo largo de la ribera, hasta un puerto acogedor de naves, y es que nos conducía un dios. Desembarcamos y nos hechamos a dormir durante dos días y dos noches, consumiendo nuestro ánimo y por mor de cansancio y dolor. Pero cuando Eos, de lindas trenzas, completó el tercer día, tomé ya mi lanza y aguada espada y, levantándome de junto a la nave, subí a un puesto de observación por si conseguía divisar labor de hombres y oír voces.
Cuando hube subido a un puesto de observación, me detuve y ante mis ojos ascendía humo de la tierra de anchos caminos a través de unos encinares y espeso bosque, en el palacio de Circe. Así que me puse a cavilar en mi interior si bajaría indagar, pues había visto humo enrojecido.

Mientras así cavilaba me pareció mejor dirigirme primero a la rápida nave y a la ribera del mar para distribuir alimentos a mis compañeros y enviarlos a qué indagaran ellos.
Y cuando ya estaba cerca de la curvada nave, algún dios se compadeció de mi, solo como estaba, pues puso en mi camino un enorme siervo de elevada cornamenta. Bajaba este desde el pasto del bosque a beber al río, pues ya lo tenía agobiado la fuerza del sol. Así que en el momento en que salía lo alcancé en medio de la espalda, junto al espinazo. Atravesolo mi lanza de bronce de lado a lado y se desplomó sobre el polvo chillando, y su vida se le escapó volando. Me puse sobre el, saqué de la herida mi lanza de bronce y lo dejé tirado en el suelo. Entre tanto, corté mimbrés y varillas y, trenzando una soga como de una braza, bien torneada por todas partes até los pies del terrible monstruo.

Me dirigí a la negra nave con el animal colgando de mi cuello y apoyado en mi lanza, pues no era posible llevarlo sobre el hombro con una sola mano, y es que la bestia era descomunal. Arrojéla por fin junto a la nave y desperté a mis compañeros, dirigiéndome a cada uno en particular con dulces palabras. 

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